“FELICES Y SIN RENCORES”

 

“Hay algo que no me deja en paz -me decía una señora- hay algo que me carcome el alma día

con día, y ni siquiera puedo rezar o hablar tranquilamente con mi marido”. Cuando escuché este

comentario me vinieron inmediatamente a la cabeza las palabras de Jesús: “Si vas al altar y te acuerdas

que tienes algo contra tu hermano, mejor es que vayas y le pidas perdón y luego vengas al altar”.

 

No podemos vivir alimentando odios y rencores en el interior, sin esperar que tarde o temprano

nuestro propio corazón arda sin poderlo apagar. La vida nos va enseñando que el odio es como un

suicidio espiritual. Siempre mi mamá me decía que la fruta podrida hay que tirarla enseguida, para que no

se eche a perder toda la caja. A fuerza de cultivar odios o rencores, quizá también resentimientos, se nos

van muriendo las ansias de felicidad que nacieron con nosotros mismos. Cada vez me doy cuenta que los

hombres no podemos contener nuestras ansias de felicidad. Forman parte de nuestra vida y por eso

sufrimos tanto, cuando alguien trata de inyectarnos el veneno del odio, del rencor, de la envidia, del

resentimiento. Más doloroso es todavía si este veneno viene sembrado entre hermanos.

 

A alguno se le ocurrió decir un día que los “negocios entre hermanos no funcionan”. No sé si sea

verdad, porque yo no he hecho ningún negocio con mis hermanos, quizá por mi propia misión. Pero, sí he

visto que el dinero o las herencias dividen a familias enteras, cuando, en realidad, la vida no está en lo

que se tiene o como diría Jesús: “La vida no está en la hacienda”.

 

Se me ocurre pensar que seríamos muy felices si el dinero no fuese una tentación de avaricia, de

tener y tener sin límites. Porque si la avaricia rompe el saco, también es verdad que la avaricia termina

muchas veces por sembrar rencores, e inclusive terribles odios que apagan por completo el hambre de

felicidad que nació con nosotros mismos. Yo siempre digo, que jamás el rencor puede pasarla bien con la

felicidad. Por eso, quizá sería muy verdad aquella frase: “feliz y sin rencores”. O mejor: “feliz

precisamente porque nos dejamos los rencores en el bote de la basura”. ¡Ánimo! Así es, agarra la

Oooooooonda. Tu amigo de siempre, P. Salvador Gómez, L.C.

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